Yo sí te creo

Diez años del caso La Manada: lo que cambió y lo que todavía duele

Lo recuerdo como si fuera ayer. Hay momentos en la vida que se te graban para siempre por el gran impacto emocional, y los san fermines del 2016 fueron uno de ellos. Y no, no por los toros y los encierros, cosa que además especialmente me desagradan, si no porque ese 7 de julio de 2016 algo se transformó para siempre.

Las noticias de todo el país se hicieron eco de una noticia terrible: se había denunciado en Pamplona una violación múltiple; una chica de Madrid denunció haber sido violada por 5 jóvenes sevillanos en un portal de un edificio, en un espacio pequeño, dónde no tuvo forma de escapar, la acorralaron, la violaron entre todos y grabaron con sus teléfonos parte de lo que ocurrió.

No fue el primer caso de violencia sexual. Ni desgraciadamente sería el último. Pero sí fue el momento en el que una sociedad empezó a hacerse preguntas diferentes. Por primera vez, millones de personas dejaron de mirar hacia otro lado.

Los agresores hacían llamarse así mismos “La manada”, y tenían un grupo de whatsapp donde hablaban abiertamente de sus “fechorías” = agresiones a mujeres. Estos energúmenos fueron encontrados en Pamplona y encarcelados dos días después de la agresión.

Llegaron después días intensos e incómodos para la sociedad española. Las feministas no tardamos en invadir las calles de las ciudades al grito de: “escucha, hermana, aquí está tu manada” y el ya histórico #yositecreo y a la vez, como era de esperar, la sociedad más rancia, casposa y machista también habló y no era escuchar en algunos entornos, en la televisión o en las redes, comentarios dudando de la agresión y poniendo el foco en la víctima: ¿Por qué entró al portal si no quería hacer nada?, ¿Por qué no se defendió?, ¿Qué hacía una chica sola a esas horas por la ciudad?. En fin, lo de siempre.

La violencia sexual ha existido siempre. Hemos normalizado tanto cosas tan asquerosas como que un desconocido te toque el culo en la discoteca o que un tío te meta mano sin permiso, que la sociedad estaba casi inmunizada a ello. Además, como menciono arriba, cuando se conocía algún caso de violación, el foco siempre se ha puesto en la víctima juzgando su forma de vestir, si había bebido o no, su actitud o sus decisiones.

Por primera vez en España se empezó a hablar muy claro: el único culpable de una violación es el violador. Y punto. He de decir que me sigue pareciendo muy loco que hasta el 2016 no hubiera esta conciencia social sobre la violencia sexual que sufrimos las mujeres, pero así fue.

¿Y por qué esta vez fue diferente?

No porque fuera la primera violación múltiple sucedida en el país, pero sí fue la primera vez que una mujer se atreve a denunciarla. Y aquí no puedo evitar emocionarme y derramar unas lágrimas mientras pienso ti, hermana, que a pesar de haber vivido una experiencia terriblemente traumática, tuviste los ovarios de contarlo, denunciarlo, pedir justicia, no solo para ti, sino para todas las que viniera detrás. Gracias, gracias y gracias.

Por fin se habló de algo que es evidente: las agresiones sexuales que se cometen a las mujeres en fiestas populares, festivales o eventos multitudinarios. Creo que todas fuimos conscientes que hemos podido estar a punto de vivir situaciones parecidas cuando hemos estado de fiesta divirtiéndonos con amigas, o incluso algunas verbalizamos por primera vez que habíamos sufrido una violación en el pasado, pero que por miedo y vergüenza nunca nos atrevimos a contar. Se me sigue erizando la piel cuando recuerdo la energía y la emoción que había en esas concentraciones. Fue increíble sentir esa unión y soltar tanta rabia a la vez, juntas, en manada.

¿Qué fue lo que cambió hace 10 años?

Después de este caso algo se quebró y cambió para siempre.

A nivel judicial tuvo una gran repercusión que acabó derivando en la famosa ley “sí es sí”, a pesar de la controversia que generó. Pero más allá de la justicia, en la sociedad se empezó a hablar de términos que antes no se usaban: consentimiento, cultura de la violación, violencia institucional, revictimización…Conceptos ahora bastante comunes, pero hace 10 años era impensable que se apareciesen en conversaciones cotidianas.

Pero también cambió la forma en la que la sociedad entendió lo que era el trauma, palabra normal en mi vocabulario como psicóloga, pero muy mal interpretado por el ciudadano común. Por fin la gente empezó a entender cómo una persona se comporta en una situación de extrema amenaza, ya que la víctima fue juzgada por no defenderse o no mostrar resistencia. Por fin se puso encima de la mesa que las víctimas no luchan porque su sistema nervioso central está congelado y la acción es totalmente imposible. Por fin se entendió (quién quiso entender, claro), que cuando vivimos una situación de pánico (que te encierren 5 desconocidos en un portal desde luego que lo es), tu cerebro no tiene una forma consciente de reaccionar, si no que quedarse inmóvil y paralizada es una respuesta totalmente esperada de pura supervivencia. Por fin los hombres entendieron que muchas mujeres no son capaces de verbalizar un NO porque el miedo ha secuestrado su amígdala y la omisión de respuesta es la única vía que su cuerpo encuentra para no morir. Por fin se dijo en voz alta que no luchar físicamente no implica consentimiento, sólo implica miedo.

Quizá el mayor cambio de estos diez años no fue únicamente una reforma legal.

Fue comprender que la violencia sexual no era un problema de algunas mujeres. Era un problema de toda una sociedad. Porque cada vez que una víctima tenía que demostrar que había sufrido suficiente, el mensaje era el mismo: tu palabra vale menos.

Diez años después seguimos teniendo tareas pendientes. Pero también tenemos algo que entonces apenas empezaba a construirse: un lenguaje compartido para nombrar aquello que durante demasiado tiempo permaneció en silencio.

Lo que todavía falta

Mi reflexión personal sobre este caso, que cada 7 de julio lo recuerdo, es que la violencia sexual no solo deja heridas en quienes la sufren. También deja huellas en la forma en que todas las mujeres aprendemos a movernos por el mundo.

Aprendemos a mirar detrás de nosotras cuando caminamos solas. A mandar un mensaje al llegar a casa. A compartir la ubicación. A sujetar las llaves entre los dedos…¿te suena? porque es algo que yo todavía sigo haciendo…

Por eso, para mí la verdadera pregunta, diez años después, no es solo cuánto hemos avanzado. Es cuánto de ese miedo hemos conseguido dejar atrás y cuánto sigue condicionando la libertad cotidiana de las mujeres.

Ojalá algún día no sea necesario escribir este texto.

Ojalá algún día todas las mujeres vivan sin miedo.

Ojalá algún día…

Laura Moreno

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