Las mujeres no sanamos solas

Por qué la autosuficiencia extrema nos está enfermando

Últimamente me siento abrumada con todos los mensajes que recibimos para cuidarnos y supuestamente, “estar bien”.

Ve a terapia, lee muchos libros, medita, regula tu sistema nervioso, toma el sol por la mañana, come aguacate en el desayuno, pon límites, sana a tu niña interior, entrena cada día y no te olvides de la creatina y el magnesio.

Que no digo yo que estas recomendaciones merezcan la pena; yo misma reproduzco varias de ellas, pero lo que más me está chirriando desde hace mucho, es algo que tiene en común todo esto del “autocuidado” y sanar, y es que todo lo hacemos SOLAS.

Nos han dicho que sanar y “trabajarnos” a nosotras mismas, es algo que se hace a puertas cerradas, en silencio, sin molestar demasiado. Nos hemos acostumbrado a convertir nuestros dolores y nuestros malestares en “proyectos individuales”. Y sí, ir a terapia, meditar y todo eso, claro que nos ayuda ¡cómo no!, pero no es lo más importante, incluso a veces, no es ni relevante.

Hay algo que yo digo siempre en mis sesiones, pero pocas veces se dice en nuestro entorno: nuestras heridas nacieron en relación y por lo tanto, necesitan relación para transformarse.

Cuando pienso en cómo las mujeres nos hemos acostumbrado a relacionarnos, siento nostalgia sobre cómo yo aprendí a relacionarme de pequeña. Tuve la suerte de vivir rodeada de mujeres: mi madre, mis tías y mi abuela, supongo que ellas fueron mi primer grupo de amigas. Después en el colegio más de lo mismo, las niñas de la clase siempre estábamos juntas. Según íbamos creciendo se formaron otro subgrupos, pero nunca había ninguna niña sola. Esto no quiere decir que no me sintiera sola a veces, porque recuerdo que en algunos momentos sí, pero sentía la seguridad de que siempre iba a ver un grupo que me iba a sostener, en el colegio o en la familia.

Recuerdo también cómo se relacionaban las mujeres de mi familia. Mi abuela, que se quedó viuda muy pronto, tenía un montón de amigas. Hasta poco antes de morir quedaba todos los miércoles con la única amiga que le quedaba, Petra. Da igual si estaba más o menos pachucha, pero el paseo y la merienda con su amiga no lo perdonaba. Me parece precioso ahora pensar en que esos paseos con Petra, eran los momentos en que mi abuela se despejaba y se distraía; momentos en los que se cuidaban juntas y por lo tanto, sanaban.

Porque las mujeres no sanamos solas.

Hay una parte del cuerpo que necesita ser vista por otros cuerpos.

Hay partes nuestras que sólo aparecen cuando estamos acompañadas.

Por eso estamos las mujeres tan cansadas todo el tiempo. Porque duele mucho vivir en una sociedad que ha romantizado la autosuficiencia y el individualismo se considera un éxito.

Nos hemos convertido en mujeres que pueden con todo, que sostienen a los demás, que lideran, que aguantan, que emprenden, que cuidan… ¿Pero quién sostiene a quién lo sostiene todo?

Antes las mujeres también tiran de todo. Mi abuela por ejemplo, viuda desde los 51 años, sacó adelante sola a sus 3 hijas, cuidaba de su madre y ayudaba a sus hermanos. Pero no lo hacía sola.

Antes existían patios, fogones, sobremesas largas, vecinas, primas, rituales y espacios donde el dolor circulaba y no se quedaba atrapado dentro de una sola persona. Ahora en cambio nos hemos acostumbrado a sufrir en soledad.

Pero insisto: sanar no va sólo de preguntarme “¿Qué me pasa?” o “¿Qué puedo hacer para sentirme mejor?”, quizá va más de preguntarnos: “¿Quién está sosteniendo esto conmigo?”

Por eso, como psicoterapeuta, recomiendo antes para tu ansiedad que te tomes un café con una compañía agradable a que te apuntes a yoga. Las relaciones y la tribu nos repara. Y cuando hablo de la tribu no me refiero a tener veinte amigas ni a estar rodeada todo el tiempo.

La tribu es tener lugares donde no tengas que explicarte ni justificarte. Donde tu cuerpo baje la guardia y se vuelva blandito. Donde tu historia no sea una carga. Donde puedas existir libremente, sin ponerte ninguna máscara.

Las transformaciones no van a ocurrir únicamente en la consulta de la psicóloga, ocurren en el reencuentro.

Porque ser vista, regula. Ser escuchada, alivia. Ser acompañada, sostiene.

Para despedirme, quiero dejarte una pregunta “de regalo”:

¿Qué parte de tu vida has intentado sostener demasiado tiempo sola?

¿Y cómo sería permitir que alguien más entre en ese lugar?

Con mucho amor,

Laura

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